El Zumo de los Días

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El Zumo de los Días

Tiempo irreparable

Lunes

Estoy aquí sentando, escuchando música en el walkman, lejos de los ruidos de la casa. Todavía no ha oscurecido del todo, pero yo doy el día por terminado y me tumbo en la cama a escribir estas líneas, me pongo a escribir sin buscar una razón para ello, sin querer entenderlo. Hoy fue cuatro de octubre, fue un día bastante normal. Sonó el despertador como casi siempre y pensé que ese era su trabajo, que odio su sonido pero está para eso, para despertarme. Despertarme, levantarme como cada mañana en un acto inconsciente que no deja lugar ni a la prisa ni al cansancio. Me incorporé en la cama, aunque sí estaba cansado. Ahora me doy cuenta de que la mitad de la vida se nos escapa por falta de atención; que la inercia controla nuestros actos dejando sólo algunos fragmentos propios, conscientes; que nuestros días se pierden en la interpretación automática de nuestros papeles. Que no seguimos el método.

Desde que me siento al borde de la cama hasta que me siento a desayunar sé perfectamente lo que hago, aunque no recuerdo lo que hice hoy. Recuerdo la cara de mi madre asomando para asegurarse de que estoy despierto mientras yo estoy aún en el borde de la cama, tranquilo, todavía soñando. Me da los buenos días y le digo que ya estoy despierto. Es absurdo, pero lo dije, fue una manera sencilla de comunicarme. Mientras desayunaba, recuerdo el sonido del segundero del reloj con una extraña persistencia a la que acabo por acostumbrarme. Uno se acostumbra a casi todo. Del otro lado de la mesa está mi madre, que me habla sin mirarme, que no desayuna todavía y se queda apoyada en el respaldo de la silla, vestida con tanta ropa, con las manos en los bolsillos debajo de su mandil. No recuerdo de qué hablaba, sé que me levanté deprisa, que le di un beso en la mejilla y fui al cuarto a por la cazadora, que todos los demás, hasta los perros, aún inmóviles cuando asomo en el patio, dormían.

Cada mañana el frío de la calle me deja abotargado, entro en estado de congelación mientras camino deprisa por las calles desiertas del barrio, y cruzo el río, y las calles más antiguas, camino del mercado. Hoy he llegado unos minutos tarde por culpa de aquel sueño que tiraba de mí, que quedó olvidado. De la rutina del mercado hay poco que contar. Llegar, colgar la cazadora, y empezar a descargar el género siempre con prisa, siempre contrarreloj. Así hasta las siete y media, hora de café mientras los pescaderos beben aguardiente y esperamos a que se abra el mercado. El resto de la mañana pasa pesando fruta y cargando en un trabajo que es como cualquier otro pero que permite un dinero e ir a clase por la tarde. Los compañeros son buena gente, son los compañeros, una relación sin necesidad de concesiones personales, basada en simpatías y en un cierto orgullo de un oficio del que muchos se sienten orgullosos. Eso y el trabajo excesivo son lo único que hace que la jornada pase deprisa.

He llegado a casa a las doce y media, aburrido de regatear con las sobras de la fruta que siempre hay alguien dispuesto a comprar. Mi madre había salido a la compra, mi padre estaba dentro con sus vacas, acabando de ponerles la máquina. Saqué al patio dos cántaras de leche que su espalda ya no soporta como antes, las cerré y entré en casa, a sentarme en el sillón del comedor unos minutos. Puse la tele sabiendo que no iba a haber nada, apagué y me fui al cuarto. Ésta es mi hora del día, mientras mi madre llega, prepara la comida, pone la mesa, yo me tumbo en el cuarto, me ducho, pierdo el tiempo en afeitarme lentamente, leo un rato tumbado en la cama hasta la hora de la comida. Comemos con prisa frente al telediario, luego me voy a la cama y me acuesto con la persiana abierta para que me moleste un poco la luz, para sentir que estoy durmiendo. Casi todos los días despierto a las tres y media, dependiendo de la clase.

Hoy he despertado a las tres y media y he ido a las dos primeras horas, luego nos hemos ido a la cafetería. Tomarse algo en la cafetería de la facultad es una de las mejores formas de perder el tiempo, porque tal vez para eso es para lo que está el tiempo, para perderse, para consumirse en un escaso reducto que es la memoria, recuerdo de lo que fueron un espacio y un tiempo que ahora ya no son nada, ficciones archivadas en nuestra masa cerebral. Y a mí me gusta transformar ese tiempo en recuerdos de una cafetería, de unos compañeros que no son los mismos del trabajo de la mañana, y a los que me une una amistad más directa, más abierta, más consciente, pero ni más ni menos sincera. Algunas veces me pregunto en qué consiste la sinceridad si andamos por el mundo buscando un pensamiento que nunca acaba por ser único, un pensamiento lleno de verdades contrapuestas. Preguntas que me hago y que no intento responder.

Al llegar a casa el portón estaba abierto. Eran las nueve y media de la noche y mi madre atiende a dos tipos que suelen venir por aquí a por la leche. Hoy ya han sacado a beber a las vacas. Sigue sonando fútbol en la radio. Las tardes son excesivamente agitadas en la casa, demasiada gente y hasta demasiado tarde; por la mañana no, por la mañana me gustaba antaño disfrutar de la paz de este patio que sólo algunas mujeres invaden en busca de un litro de leche al volver de la compra. Mi madre suele encargarse de la gente, Delfín prefiere la soledad de sus animales, y ella tiene más labia, más desparpajo. A veces da casi miedo parase unos segundos a contemplar a tus padres, porque impone otra visión de las cosas, otra forma de conocer un mundo que durante años te ha sido mostrado a través de ellos. Delfín y Mari. Pronunciar sus dos nombres en alto mientras escribo, pararme un segundo a leerlos, emborronado con mis sucios garabatos, produce una extrañeza que en el fondo me gusta, ofrece una visión nueva de algo a lo que te has habituado.

Entro a casa y mi madre me sigue. Unos minutos más tarde, me trae la cena desde la cocina, le doy las gracias y vuelve al patio. Acabará de barrer una vez más ese mismo patio, limpiará los cacharros mientras él limpia una vez más el mismo establo y echa paja a las vacas; y ella echará el pienso mientras él atiende a los terneros. Luego apagarán las luces, mi padre cenará despacio con el ruido de fondo del televisor, sin hablar demasiado. Mi madre tomará magdalenas con leche. A veces pienso que es terrible pensar que todo sucederá igual mañana, pero a lo mejor no es tan terrible, tal vez sea su manera de consumir el tiempo, su forma de afrontar ese desgaste; tal vez sea la mejor manera de hacerlo. Quién puede decirlo. Al fin y al cabo nadie nos entregó un manual antes de escupirnos sobre la Tierra.

Salamanca y Torremut, abril y mayo de 1998

© Fernando Díaz San Miguel - Prohibido reproducir total o parcialmente cualquier elemento de esta página sin citar la fuente
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