El Zumo de los Días

El Zumo de los Días
El Zumo de los Días

Tiempo irreparable

Domingo

De pronto empiezo a percibir el exterior, a tener conciencia de mí mismo. Siento las extremidades: los dedos de los pies bajo dos pares de calcetines, los tobillos doloridos, el reúma en las manos, en los codos; siento los poros de cada pelo con una leve punzada, quejándose por el roce de la ropa o abriéndose paso violentamente por mi cara entumecida. Debe de ser ya tarde. Ya no deben ser las cinco y media de la mañana. No deben ser siquiera las ocho ni las diez. Ojalá sean las doce. Ojalá la mañana haya desaparecido ya y haya desaparecido ya su sol y su gente y ojalá pueda, ojalá pudiera, volver a dormir, olvidar este oficio de pobre, estos años estériles, tantos sacrificios sin un fin concreto, tantos actos fruto de la inercia. Caminar sin rumbo, eso es; lo que estoy haciendo es caminar sin rumbo. No sé por qué me empeño en pensar. No puedo recordarles. No puedo moverme. No puedo respirar. Pego la mano al cuerpo y la acerco despacio hasta mi nariz. Joder. Un dolor profundo e incomprensible me impide hasta gritar. No sé si de pronto adquiero conciencia de todo o el dolor me hace perder la consciencia.

Un bulto extendido en los soportales de la iglesia de San Bernardo. Junto a él otros dos bultos también como muertos. Se nos oye respirar una respiración sucia y difícil. Siempre dormimos ahí; no preocupa el frío. Preocupa casi más el murmullo estúpido de los turistas que pasan a nuestro lado, que miran a esos bultos con ojos de miedo y no dejan dormir y Por Dios, ¡cómo podrá alguien vivir así!, y ¡Jesús, pobre gente!, ¿cómo habrá llegado a este punto?

Que se callen, pienso. ¡Váyanse a tomar por culo! Lo dice El Indio, que se llama Claudio aunque a no le guste llamarse Claudio. Si han despertado al Indio, Gabriel también está despierto. Cuando a esta gente le dices lo que sea para que se callen alborotan más todavía: Ernesto, hay que mover el culo, que nos acaban de joder la mañana. No muevo el culo. Entre otras partes del cuerpo también me duele. Estoy de lado, con la cabeza apoyada en el saco. Me duele la cabeza. Pero me pongo boca arriba y hago un esfuerzo por sacarla del saco. La luz comienza a herirme. Es pleno día. Y me duele la luz, y el barullo de los guiris, que guardan las distancias y hacen que no miran pero miran. Qué guapos están. Mira cómo miran a las piedras. Gabri suelta un ¡uh! y se espantan como gallinas.

No sé quien tiene peor cara. Bueno, sí lo sé; aunque no pueda verlo. El cabrón del Indio se ríe. Yo me río también, a ver qué remedio: me he vuelto a romper la nariz yo solito, a última hora para variar. Son mis serios problemas de estabilidad cuando voy bebido, que se unen a un raro problema de reflejos que siempre me impide poner las manos para no aterrizar con el careto, y me impide conservar la nariz recta, respirar con normalidad, y me impide conservar los incisivos. Gabriel dice estás hecho un cuadro y da un bufido como riéndose y se lleva una mano al pecho y otra a la base del cráneo porque le ha dolido.

Quiero a estos tíos. Estamos aquí, en nuestro pequeño rincón, en silencio, a la sombra, mirando el empedrado lleno de un sol que parece implacable ahí fuera. Nos quedamos así unos minutos: incorporados, con medio cuerpo fuera del saco, sin ganas de hacer nada. Sin decir nada. Hace algo de frío. Lo digo y ellos asienten. El buen tiempo es insoportable. Cuando hace calor no se puede hacer nada, no se siente uno cómodo nunca. Es un asco.

Gabri es el primero en sacar las piernas del saco. Se levanta y se estira todo lo largo que es. Se da la vuelta y nos mira, dice que habrá que trabajar algo ¿no? El Indio responde que lo justo. O algo menos, digo yo. El Indio se anima de pronto, se levanta con bastante agilidad, casi sin esfuerzo, y sale al sol. Entonces se encoge, se arruga, da la vuelta con los ojos casi cerrados, dice todo feliz que ya es de día y se empieza a reir enseñando los dientes ennegrecidos; al cabo de unas pocas carcajadas le da la tos. Está medio bobo.

El vaho sale de mi boca. Lo observo detenidamente. Éstos ya están recogiendo el macuto. Yo sigo sentado dentro del saco; me aparto el pelo de la cara y sigo ahí, con los hombros caídos, sin poder pensar concretamente en nada. Me rasco la cabeza. Me rasco la oreja. Me gusta estar así, como disperso. Así sí que estoy bien. Yo sabía tocar el piano; de crío iba al conservatorio, parece mentira.

Perros. Me obligan a levantarme, a recoger el saco, a salir al puto sol. Nos ponemos en marcha, sin ganas de hablar, o sin tema, en dirección al bar de Antonio. En la fuente me limpio la sangre de la cara para no ir dando sustos. Estos piden un litro y el limón, Antonio ya sabe. Gabri exprime el medio limón en la cerveza y lo hecha dentro, se sienta en el taburete libre, nosotros nos apoyamos en la barra. Entra fría, llenando la boca, limpiando el sabor a ceniza, a verdura macerada, a meado; luego pasa por la traquea, limpia las paredes del esófago, asienta el estómago. Después no sé qué es lo que hace, pero aclara el pensamiento, remite el dolor de las articulaciones y te despierta casi del todo.

Por hablar de algo nos contamos un par de películas que ya nos hemos contado antes. A veces, cuando tenemos mejor cuerpo, nos divertimos contando las batallas del otro como si fuesen propias, con todo lujo de detalles: nos las hemos contado tantas veces que ya las sabemos. Pero eso suele suceder cuando no estamos tan hechos mierda como esta mañana; además todavía tenemos que ganarnos la comida. Sacamos chatarra de los bolsillos y Antonio se sirve contando en voz alta. Con nosotros no necesita ir al banco a por cambio.

En la plazuela, días como hoy, suele haber movimiento: la gente anda por allí de vinos y esas cosas, aunque eso tampoco quiere decir mucho. Ponemos las mochilas detrás del banco y yo me pongo a tocar la flauta mientras el Indio pasa el cepillo diciéndole tonterías a las viejecitas, pero me canso enseguida, no tengo ni aliento. Le digo a Gabri que saque el instrumento, que a mí se me están haciendo un nudo los dedos. El Indio sigue haciendo el Claudio mientras el otro toca, no mucho mejor que yo, pero con más soltura. A los cinco minutos yo ya he desistido de todo y me acurruco a la sombra del banco, casi debajo de él, entre los macutos.

Cierro los ojos y me concentro en mis sonidos: por debajo de la flauta y el barullo de la gente contenta suena mi cabeza, puedo oír como viento que silba suavemente, o como el sonido del mar a lo lejos. Sí, puedo escuchar el mar; no está muy lejos: entonces Pablito viene hasta la mesa de trabajo y dice que mamá dice que tengo que acostarle. Tiene la vista puesta en la mesa. Le siento en mi rodilla y le cuento que papá está mirando unos planos para una casa estupenda donde van a vivir unos señores. Luego nos lavamos las manos y los dientes: sus manos pequeñas y blancas junto a mis manos curtidas. Le acuesto y acabo de comprobar unas mediciones. Cuando estoy guardando ya papeles para irme al salón a sentarme con Laura llega ella; que qué horas son esta para trabajar, tienes a tu mujer sola, tu hijo ya no sabe ni quién es su padre, pero tú quién te crees que eres, sin nosotras estarías por ahí, pidiendo por las calles, menos mal que me tenéis aquí, qué iba ser de esta casa si yo no estuviera. Laura, hija, te digo que esto ni es un hombre ni es nada. Así desde nuestro segundo año de casados; siempre incansable.

El Indio me empieza a tocar la cara y me dice hala cariñito, que es hora de comer. Abro los ojos y le digo quita marica. Se ríe y da un par de saltos; miro a Gabri que le señala con la vista y pone cara de resignación. Da igual lo que se tome, el Indio siempre está espídico; una veces viene bien, anima; otras veces quisieras estrangularle. Ya hemos sacado para comer y para un par de rocanroles, así que me levanto, me estiro, y les sigo; los ojos me lloran de sueño y bostezo como un oso.

En la pensión de la Señora Luisa hay lentejas, que es plato de domingo, y unos filetes. Siempre somos unos quince o veinte a comer. Esperamos un poco a la entrada; a veces hay que esperar, sólo hay una mesa para ocho y según unos se levantan se sientan otros. Tiene unos cuadros horrorosos en las paredes a los que uno nunca acaba por acostumbrarse: reproducciones baratas de bodegones con animales muertos, lúgubres como toda la casa, un primer piso con ventanas al patio interior iluminado por bombillas. Nosotros preferimos esperar para comer, así se puede hacer algo de sobremesa. A veces incluso ofrece café si le apetece a ella, y lo cobra a veinte duros también por adelantado. Le solemos decir que da igual Señora Luisa, paga el pueblo. De los que venimos aquí a casi todos nos paga el pueblo, pero a ella le hace mucha gracia escucharlo. A ella suele hacerle gracia casi todo, por eso no aguantamos más de media hora de sobremesa, por eso y porque va entrando sed.

Tres y media de la tarde. Bajamos al Devil por su escalera estrecha. Hay varios conocidos por el bar a los que saludamos sin demasiado énfasis. Dejamos los petates en nuestro rincón, los abrigos, y nos sentamos en la barra. Lo dicho: pedimos un rocanrol. Mientras bebo el primer trago, mientras sostengo el litro en la mano y siento como llega hasta el estómago para calmar el cuerpo, vuelvo a pensar en el animal al que se le ocurrió mezclar calimocho con whisky. Le paso el litro al Indio.

Hace mucho que se marchó, hace mucho tiempo que Sid murió, la puta heroína se nos lo llevó. Todo hubiera sido bastante distinto si hubiera mezclado coca cola con tinto y hubiera conocido el calimocho. Si Sid Vicious hubiera conocido el calimocho no habría muerto de sobredosis, si Sid Vicious hubiera conocido el calimocho habría muerto de cirrosis. Manolo Kabezabolo.

Yonkis de mierda. No soporto a los yonkis. Son gentuza. En el bar nos dan casi las tantas. Hablamos con la peña y echamos unas risas cada vez más animados por el alcohol. El alcohol nos devuelve a nuestro estado natural, ni a uno mejor ni a uno peor; tal vez así es como debiéramos haber sido por naturaleza. La sangre reclama su porcentaje y una vez que lo tiene pierdo el mal humor, me encuentro más a gusto en este cuerpo, soy afable, no me ahogo en los miedos o en los recuerdos. Cuando bebo soy mejor persona, no suelo ponerme desagradable, no me pongo violento. Por eso hace gracia cuando te dicen que tienes problemas con el alcohol. De acuerdo: suena mucho mejor, pero es mentira. Yo no tengo problemas con el alcohol, el alcohol y yo nos llevamos de puta madre. Aunque alcohólicos sí somos, para qué negar lo evidente.

Casi a las seis de la tarde asomamos a la luz del día, animados pero sin un puto duro. Parece que va anocheciendo y hace algo de rasca. No me pesa el petate. Estoy contento ahora. Se me hace de noche con el cazo de las monedas en la mano, en el sitio de siempre. Una monedita para estos pobres músicos. Esa juventud, a ver cómo se estira. Señora, una monedita para el sediento. No me gusta engañar a la gente, porque no engaño a nadie; me niego a pedir para un bocadillo; pido para beber, si luego me tomo un bocadillo ya es cosa mía. En fin, con un par de horas haciendo el canelo sacamos para irnos calientes a la cama.

Ya. Ya sé que no es cama. El caso es que volvemos al bar de Antonio, para cenar; unos bocadillos, dos de soberano y una de centenario, en copa de balón. Estamos callados hoy. Después del bocadillo, pagamos y pedimos otras tres copas. Sólo quedan dos clientes y hablamos con Antonio, bueno, habla él, que es el que está puesto en fútbol, en coches, en política y en copla española. Lo de la copla lo digo de coña, no sabe de copla; tampoco de lo otro, pero disimula durante horas cada día. Eso lo hace mucha gente, creerse que entiende de algo porque se lo sabe; algunos acaban dando clase en la universidad. El caso es que habla de su quiniela de cinco resultados acertados, y dice que este mundo se está volviendo loco, que cómo puede ser que tal equipo gane a tal otro. Pedimos un último coñac, pagamos y bebemos deprisa. Nos despedimos. Vamos a tomar un algo por ahí, a la zona canalla.

Por allí nos conoce la gente y los domingos suele haber muy buen rollo; ya se sabe, última gente de últimos bares antes de empezar otra vez con lo mismo, cuando digan que es lunes, que los lunes son horribles. Pero da igual, no son más horribles que cualquier otra cosa, porque sólo son medidas de un tiempo que no es tiempo, que es la percepción de los momentos y los momentos se suceden con esta inercia de hacer las cosas porque ésta es nuestra vida y es como las mujeres, nunca sabremos si la hemos elegido o si nos ha elegido ella a nosotros. Vale. Ya me vale la bobada; tengo que concentrarme en la bebida, acabar el litro, ir al váter. No es un mal váter. Más o menos limpio pero váter de bar al fin y al cabo. Y cagar en los bares no es la peor parte de esta profesión de pobre.

Es peor encontrarse cualquier tarde, cualquier mañana, con que no sabes dónde estás, con que no puedes decir en qué ciudad te encuentras sin tomarte tu tiempo. Es peor cuando da por pensar que quieres dejar esta vida, dejar de dar vueltas como un imbécil, y sabes que no hay sitio a donde volver, que no puedes pararlo, que da igual estar cansado porque ese cansancio no va a llevarte a ninguna situación mejor, no te van a dar un premio por tu cansancio, ni te van a dar la enhorabuena por tu cansancio, y no van a cesar los dolores físicos ni el remordimiento por tu cansancio. Es peor cuando uno se acuerda de que querer cambiar las cosas a estas alturas es como querer volver a cuando uno era niño. Y me levanto del váter mucho más a gusto, me limpio el culo, muy concentrado en mi equilibrio, con el rollo de papel que el Gabri traía en la mochila. Me da como un ataque de tonto orgullo al pensar que somos unos borrachos cojonudos: preparados para la vida moderna, vamos.

Y eso. Salgo y ya han pedido otro litro. Sí señor, así se espera a un amigo. Es que creíamos que estabas reunido, dice el Indio. No queríamos molestarte por una tontería así, dice el Gabri. Cabrones, les digo. Les miro justo antes de llevarme el litro a la boca. Mientras bebo, y veo la cerveza frente a mi boca, que reposa y espera, pienso en la cara de moco que llevan los dos. El Gabri gasta ya una sonrisa que no puede ser buena para el cutis. Vuelvo a mirarle, le paso el litro, se pone a mirar para otro lado mientras habla de algo; tiene pinta de estar esperando para soltar una gracia, la que sea. Hace amago de reírse y no dice nada.

Tres sombras arrastran su cansancio por la madrugada desierta de la ciudad. Sólo a veces se escucha el sonido de algún coche que pasa. Dos de ellos hablan en voz alta con frases entrecortadas. El tercero canturrea una canción desde hace horas. Quedan pocas horas para que amanezca. Buscan cobijarse en los soportales de siempre, un lugar al que ya pertenecen, del que en casi diez años han aprendido las piedras y sus muescas.

Un último cigarro antes de dormir. Cierro la cremallera del saco cuando por fin la encuentro. Viene a la mente la imagen de hace dos veranos en la playa. Paseo en  camiseta y vaqueros por la playa, descalzo, borracho y algo drogado, ya de día, fumándome un último cigarro. El Gabri y el Tito se han quedado dormidos junto a una pila de hamacas. Me siento a unos metros de la orilla mientras el sol comienza a calentar la arena fría. Laura llega con Pablo en los brazos. Pablito. Me revuelve el pelo con la mano y extiende las toallas. No soporto más los gritos. Le pido por favor que se calle, que se trata de mi mujer y de mis hijos, que no tiene derecho a entrometerse en nuestras vidas. Pero sigue gritando. Sandra llora incesantemente en su cuna. Pablo está de campamento. Laura sigue callada, tantos años callada. Me voy a la cocina y echo whisky en un vaso, me sigue, comienza a llamarme borracho, degenerado. Me voy hacia ella, dejo caer el vaso y la agarro del cuello, entonces me invade el pánico. La suelto, cojo el abrigo, la cartera, los cigarros y me largo. Ella sale a la puerta, todavía me grita desde arriba, pero ahora da igual. Laura sigue callada.

© Fernando Díaz San Miguel - Prohibido reproducir total o parcialmente cualquier elemento de esta página sin citar la fuente
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