El Zumo de los Días

El Zumo de los Días
El Zumo de los Días

Tiempo irreparable

Sábado

Es difícil comprender el insomnio cuando apenas hay cinco horas para dormir. Pero a veces sucede, la noche se prolonga en sus silencios; se revela de pronto el leve sonido de un reloj, y avanzan los segundos mientras el cansancio pesa más en el cuerpo; yacer empieza a convertirse en una sensación perturbadora mientras la realidad, el aire de las afueras, remansa junto a la ventana. Entonces, un lapso de tiempo. El reloj sonoro de la cocina confirma la sensación de desvelo, apenas tres horas de sueño hasta la nueva jornada, y la presencia secreta, la incómoda presencia en su cabeza, de los pagos aplazados, la amenaza de las facturas por llegar. Le molesta la almohada. Las sábanas le rozan el cuerpo. Ladra la perra a lo lejos y otro perro responde más lejos todavía. Junto a él, otro cuerpo cansado respira mansa y ruidosamente. Al menos ella duerme. Le reconforta pensar en el descanso de ese cuerpo conocido. Se duerme también al poco tiempo; sin darse cuenta.

Sonido de un despertador. Despertarse, levantarse cada mañana, es un acto inconsciente, no deja lugar a la prisa ni al cansancio. Se incorpora en la cama. Posa los pies en la fría baldosa, sin sobresalto, mientras busca las zapatillas. Se frota la nuca, la cara seca y entumecida que tal vez a la tarde afeite. Cruza el pasillo hasta el cuarto de baño. Humanamente pierde el norte unos segundos al encender la luz, una seca bombilla que cuelga en mitad del techo desde hace demasiados años, recuerdo de un antiguo plafón que los niños rompieron. Y se acerca al espejo: el pelo despeinado, las marcadas ojeras, el pijama arrugado, la expresión ausente... Hace unos gestos con la mandíbula para despejarse. Agua fría, es buena para los huesos. Lo cierto es que el calentador sólo funciona cuando quiere. Se moja el pecho, los hombros, refrota la nuca... Apenas tres minutos en el cuarto de baño.

Mari prepara desayuno. Coloca tazones, platos, cucharas, de forma sonora; se calienta la leche  en el fuego. Delfín ya se ha vestido. Entra en la cocina y las primeras palabras, un buenos días, nunca salen nítidas. Saca un cuchillo del cajón y se sienta a la mesa. El tic tac del reloj por fin ha ensordecido ante la presencia de lo cotidiano: los pasos, el murmullo del fuego bajo los cacharros, una tos. Delfín miga pan en la taza, sale humo del cazo de la leche. Mari la vierte mientras sujeta con automatismo el colador. Hay cacharros sucios en el fregadero desde hace una hora. Se sienta frente a Delfín, en silencio, y cruza las manos sobre la mesa. Él se lleva toscamente la cuchara a la boca. Anda mala la Molina, dice mientras sostiene otra cucharada en el aire. Luego vuelve a llevársela a la boca. Mari hace un gesto de disgusto. Más vale que se arregle sola: si hay que volver a llamar al veterinario nos cobra otras tantas. Ya; díselo tú: las vacas no entienden de facturas...

Salen a la puerta. Delfín se ajusta la boina. Ella le dice espera un momento hombre, mira que pelos llevas, y saca las manos de debajo del mandil para colocárselos con una especie de fuerza cariñosa. Delfín se deja hacer; anda, mujer, qué más darán debajo la boina. No, qué van a dar igual...

El patio de la casa no es demasiado grande, pero es amplio. Se abre a la izquierda nada más salir de la casa, y luego vuelve a cerrarse en el oscuro pasaje de la entrada, donde guardan las pacas de paja. A la derecha está el establo, un lugar de ocho metros de largo por tres y medio de ancho en el que han pasado los años sin demasiada consciencia. Todo en ese patio; todo alrededor de ese patio. Decir treinta años de vida en este patio no ayuda a comprender; ellos tampoco lo entienden cuando bajo el frío limpio Delfín camina lentamente unos pasos, de espaldas a Mari, y entra en la cuadra mientras ella se queda allí, mirando al cielo o a nada en concreto. La perra ladra con su vocecita, mirándola fijamente a un paso de distancia. Ella la mira. Deja, perra boba. Y vuelve a entrar en la casa.

Delfín ha encendido la luz. Siente el calor de los animales y el olor de sus cuerpos sin inmutarse. La luz eléctrica cansa, es agobiante, dañina, inseparable enemiga silenciosa de las mañanas no amanecidas, de los días oscuros, de las tardes de invierno. Su color amarillo ensucia las paredes, todos los objetos; se derrama por los ventanucos hasta confundir a los perros. Pero él la ignora; tal vez ha perdido su capacidad de rencor hace ya demasiados años. Ha aprendido a convivir con el mundo, porque éste tiene la justa extensión que cada hombre necesita. Para él, no es más grande que un patio, con una casa y una cuadra, y el espacio que alcanza su vista: el antiguo pueblo convertido en barrio, la ciudad de un lado, del otro lado el campo, el paisaje inalterable. El mundo del que oye hablar a sus hijos, a los visitantes, el mundo que muestran las noticias, los concursos, el fútbol, las películas, es un mundo conocido de lejos; participa de él sin comprenderlo, sí, exactamente, como quien ve una película.

Da los buenos días a los animales. Sólo la Galana está despierta; la llama bonita y le da una palmada en el lomo. Hay otras doce más, yacen alineadas; su respiración caliente parece una sola. Del otro lado duermen los terneros, siete. Delfín da dos voces, las llama vagas, perezosas; casi todos los días las llama vagas, perezosas, con la voz alta y alargando las vocales en un mugido que puede que ellas comprendan. Los animales, llevados por el impulso de la costumbre, actúan ante esos dos adjetivos, comienzan los movimientos, los bufidos. Cada mañana el mismo rito: despierta Mari, suena el despertador de Sergio, despiertan los perros, después se despierta él, luego las vacas. La parsimonia, la rutina, se repite cada día durante hora y media. Delfín piensa a veces, con su habla sencilla, que a dónde se va el tiempo cuando uno es pobre. Que esta es la profesión de los pobres. Pero después vuelve a la tarea, se olvida del asunto.

Para cuando todas se levantan Delfín ha olvidado su propia somnolencia. Se mueve entre las vacas, las atiza suavemente con la vara camino de la puerta. Dos veces al día las saca del establo para que beban agua en las pilas de fregar dispersas por el patio. Van saliendo una a una. Delfín las va nombrando. Los perros ladran entre las vacas, asustados, queriendo asustarlas. Ladran también los perrines chicos en un corralillo del rincón del patio. Agitado por la prisa de los animales, Delfín retira las uralitas que cubren los abrevaderos, se detiene unos segundos a observar, y cuando todo está en orden y el ruido aminora, él vuelve dentro para limpiar el establo mientras todos, los perros también, y los últimos borrachos del viernes por la noche, beben.

Daniel abre el portón con ojos de búho y saluda con una caricia a Carina, el mastín siempre atado a la entrada. Pasa entre las vacas hacia la casa, siente a su padre dentro del establo, sube los dos escalones y aparta el quita moscas mientras gira el manillar de la puerta. Mari le dice que si quiere café y él dice no, madre, me voy a la cama. Su voz es seca. Mari guarda silencio. Dani trabaja en un bar casi hasta las seis, muchas veces cierran la trapa y se quedan hablando cansados hasta que llega el día, otras recorren todos los últimos bares, beben y buscan con  los ojos una mujer en la que culminar su nocturnidad. Delfín le siente llegar, siente su silencio pasando entre los animales. Recoge otra pala de excremento mezclado con serrín y paja y lo hecha a la carretilla. Cuando termina de limpiar se sienta unos minutos en el poyo que hay junto a la puerta, recostado en la pared, observando a las vacas. Se sienta y las mira; la perra chica se acerca a su pierna y le mira y le ladra, él le pasa la mano por la cabeza, está enferma, sabe que hace varias semanas que tendría que haberla sacrificado. Sus hijos aúllan débilmente mientras esperan la orfandad.

Al rato comienza a azuzar a las vacas para que entren al establo. Dentro, se van ordenando en un aparente caos. Piensa son lentas estas vacas, pero el tampoco quiere darles prisa, a él no le enseñaron las cosas para la prisa. Una vez ordenadas va a por la paja, la echa en los pesebres para que se ocupen en algo mientras saca la máquina. Ordeñar ya no es lo que era antes, dice muchas veces, ya no roba el tiempo como lo robaba antes. Pero sigue llevando su tiempo. Las vacas en la máquina no dan toda la leche y Delfín pacientemente, con sus manos dolidas por los años de frío, consigue sacar hasta otro litro de cada animal. Las horas que emplea en ordeñar son plácidas, se dejan llevar por una rutina alegre en la que él puede escuchar la radio y pensar en sus cosas. Cuando acaba echa el resto de la paja y entra en casa. Se lava la sangre de las manos. En la cocina ya está el bocadillo preparado. Saca una botella de agua fría de la nevera, un vaso de encima del fregadero, y almuerza silencioso con la vista pegada entre el cristal y la calle.

Delfín vuelve al trabajo. La radio sigue sonando en el establo: discuten o dan noticias. Le echa el pienso a las vacas y pone de comer a los terneros. Ordeña a mano a la última, la Avispada: la máquina de un pecho no le saca la leche y prefiere ordeñarla sin ella. Para colmo la vaca da guerra, cocéa y se revuelve. Hoy casi no da tiempo, pero limpia el establo y comienza a limpiar a las vacas con la rasqueta. Le llaman a comer, contesta a grandes voces que ya voy. El resto de las vacas quedan para la tarde. La necesidad de luz del día, de luz blanca, siempre le entretiene unos minutos con los perros: se acerca a ver a los recién nacidos: su madre le ladra contenta. Luego va hasta la puerta donde espera el mastín, le refrota la cabeza: contigo si que me entiendo yo bien, le dice en voz baja a la perra.

Entra en la casa. Se asea. El vano intento de dejar atrás ese olor que se mete entre el pelo y por debajo de las uñas; un aire tumefacto que encharca los pulmones, que embota los sentidos obligando a adquirir otra conciencia de las cosas. No es fácil vivir así. Él suele decirlo con naturalidad, como si nada le fuera en ello, dice el oficio de los pobres ná más que sufrir. Pero Delfín esconde el dolor como esconde el hedor del establo con duchas y ropa limpia; aunque da igual, pervive en los poros de la piel, en las células muertas que expulsan los cuerpos. Se acerca los brazos a la nariz, cualquier domingo antes de ir a la misa, y siente que su olor ya no va a ser nunca el suyo, que sus momentos de alegría no van a ser nunca suyos y persisten de fondo los años de sacrificio sin finalidad. La inercia del oficio que le enseñaron de niño.

Hay menestra. Delfín come con hambre. Sujeta la cuchara con el puño vuelto y come casi con prisa, mirando el telediario sin decir palabra. Cristina le repite padre, no comas tan deprisa que te vas a atragantar, él le dice que a qué quieres que espere. Cristina estudia Biológicas; su padre siempre le pregunta por los estudios aunque los dos saben que la respuesta va siempre al mismo sitio. Mari y los muchachos recogen la mesa. Delfín se va a echar la siesta.

Ella toca un poco su hombro. Le dice despierta Delfín, hala que son casi las cuatro. Delfín ya sabe que hora es, aproximadamente. Esperaba unos minutos, en un sueño retomado de la profundidad de los sueños, aprovechando esos momentos en que somos capaces de regir algunos aspectos de ese mundo al que siempre asistimos como personajes, atosigados personajes teñidos de determinismo. Él no sueña grandes cosas: la tranquilidad de un comedor que no coincide con el del mundo concreto pero tampoco es mejor, un paseo en el que se cansa hasta quedar extenuado en mitad de una calle que no conoce, las ventanas de siempre que dan a lugares inesperados, alguna vez sueña con Santander, el Santander de su viaje de novios que ya nadie recuerda. Vuelve a ponerse la ropa y entra en el cuarto de baño. Orina y se pasa por la cara seca la maquinilla eléctrica. Se asoma al comedor. Alejandro y su madre están viendo la tele. Les mira y dice voy para allá señalando a la calle y sin querer decir nada.

La luz de la tarde es intensa. Delfín pasa de largo la cuadra y llega hasta la puerta de la calle. Se asoma y se quita la boina, con la misma mano se rasca la cabeza. Por la tarde suele haber ajetreo, a partir de las seis. La gente viene a comprar la leche, Mari suele atender, pero a todos les gusta asomarse a ver las vacas, saludar a Delfín. Vuelve a entrar. Saluda a las vacas, habla con ellas como quien piensa en voz alta mientras va rascando a las que quedan; les cuenta, con su forma sencilla, las cosas que ha aprendido en estos años, cosas que no sirven probablemente para visitar al rey sueco, que tal vez no dejen mancha perdurable sobre la tierra de estas regiones secas, sobre la dura piedra del planeta.

© Fernando Díaz San Miguel - Prohibido reproducir total o parcialmente cualquier elemento de esta página sin citar la fuente
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